Es un día caluroso y el cielo está despejado. Aisha puede ver desde su ventana que, en este momento, no hay pájaros volando. A ella le encanta ver pájaros en el cielo: cuando están volando, significa que es un día tranquilo.
Con mucho cuidado toma a su pequeña muñeca y le hace hablar:
—En este día tan caluroso es muy importante que tomes mucha agua —dice, mientras la muñeca mira una pequeña flor en una maceta que está en el suelo.
La muñeca y la flor son de plástico, pero en la mente de Aisha son muy reales.
Nuevamente, la muñeca empieza a hablar:
—Tienes que crecer mucho mi flor para que luego puedas tener muchos niños, y así haremos un jardín grande con muchas flores como tú. Cuando el jardín esté listo, pequeños ratoncitos podrán jugar en él y también podrán descansar.
Aisha mira a la flor, esperando su respuesta.
—Necesito más sol y agua, y creceré más; tendré muchos niños y luego podremos tener ese jardín grande. Dame más agua, por favor —responde la flor.
La muñeca contesta rápidamente:
—¡Claro! Pero tienes que saber que solo puedo regarte en la noche. Durante el día conseguiré el agua necesaria para ti. Tienes que ser una flor fuerte. Nuestro jardín será hermoso.
Aisha mira a la flor y nota que está algo triste. Entonces la flor dice:
—Agua solo una vez en la noche es muy poco. Durante el día hace mucho calor. Pero entiendo tu esfuerzo y seré fuerte. Te esperaré siempre, todas las noches, para que me des de beber. Creceré muy grande y fuerte. Pero… ¿te puedo pedir un favor?
Aisha hace que la muñeca se levante y se acerque a la flor:
—Claro, cualquier favor que quieras, flor de mi corazón.
La flor, algo tímida, dice:
—¿Me podrías traer siempre un poco de tierra también? Solo un poco. Así siempre tendré nuevos nutrientes.
La muñeca se ríe con fuerza:
—Obvio. Te puedo traer cuanta tierra quieras. Agua, solo una vez al día… pero tierra, toda la que quieras.
La flor se alegró mucho y movió sus pequeños pétalos para mostrar su felicidad.
En ese momento se escucharon pasos. Aisha dejó de respirar unos segundos para poder oír mejor. Los pasos ya estaban detrás de la puerta de su cuarto. Era su mamá.
—Mi vida, ven a la cocina. Es hora de comer —dijo ella.
Aisha saltó de alegría. Puso a la muñeca junto a la flor y fue rápidamente a seguir a su mamá al comedor. Allí, madre e hija se sentaron a comer. Sobre la mesa había, para cada una, un vaso de agua y un pedazo de pan.
La mamá, con mucho amor, le dijo:
—Aisha, tómate toda el agua. No guardes nada para tu flor.
—Sí, mamá —respondió Aisha, con algo de pena, pues su madre había adivinado sus intenciones.
Y así, después del almuerzo, la flor de Aisha tendría que esperar hasta la noche para recibir algo de agua… y, con seguridad, algo de tierra. Tierra que abunda en Gaza.

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